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La energía nuclear y la opinión pública: un antiguo desamor

credit @nhippert

Muchas personas lamentan (a menudo con razón) la desconexión de los responsables políticos con los ciudadanos. Pero cuando se trata de la energía nuclear, está claro que los responsables de la toma de decisiones confían decididamente en las encuestas de opinión que pueden encontrar para establecer su estrategia. Para entenderlo, basta con observar el descenso de la capacidad nuclear en todo el mundo tras el accidente de Fukushima de 2011. Lógicamente, ésta es más flagrante en Japón. Mientras que la energía nuclear solía proporcionar alrededor de un tercio de la electricidad consumida en Japón, en 2019 sólo representará el 7,5%, con sólo nueve reactores todavía en funcionamiento. El impacto del accidente se dejó sentir en Europa, donde la reacción más emblemática fue la de Alemania. Sólo tres meses después de la catástrofe, el país decidió abandonar la energía nuclear para 2022. En la actualidad, once de los diecisiete reactores nucleares han sido cerrados definitivamente. Suiza, Italia y Bélgica han tenido reacciones similares. En conjunto, la tendencia es a la disminución de la generación de energía nuclear en todo el mundo[1].

Al mismo tiempo, existe el deseo de desarrollar una energía baja en carbono, principalmente a través de las energías renovables, a escala mundial. Y aquí es donde nos acercamos a una paradoja que anticipamos que pronto se resolverá. Para entenderlo, analicemos la opinión pública.

Como escribimos en la introducción, la energía nuclear civil se percibe a menudo como el «enfant terrible» de la energía nuclear militar y, por tanto, de la bomba atómica, y con razón. En primer lugar, porque históricamente la bomba nuclear es anterior al desarrollo de los sistemas de generación de energía nuclear. Este fue el caso de los tres primeros países con arsenal nuclear militar, Estados Unidos, el Reino Unido y la URSS. Los tres países siguientes siguieron el camino inverso, desarrollando primero tecnología civil y declarándola pacífica, antes de desarrollar su primera bomba.[2] Esta asociación entre lo militar y lo civil es, por tanto, perfectamente lógica y se mantiene en gran medida, al menos desde el punto de vista occidental, por el expediente iraní (si se plantean tantas dificultades a Irán para desarrollar una producción de electricidad nuclear, es, en efecto, por el temor de verles disponer de un arsenal nuclear militar al final del día).

Con el tiempo, han surgido otras críticas, sobre todo en relación con la seguridad de las plantas y la gestión de los residuos que producen. La cuestión de la seguridad resurge, de nuevo de forma perfectamente lógica y justificada, con cada accidente, siendo los dos más importantes el de Chernóbil en 1986 y el de Fukushima en 2011, pero se podrían citar muchos otros como el de Three Mile Island en Estados Unidos en 1979 o el de Windscale/Sellafield en Gran Bretaña en 1957. El impacto negativo de estos accidentes en la opinión pública hacia la energía nuclear es claramente visible en las distintas encuestas realizadas a lo largo de los años, aunque existen importantes disparidades entre países. La opinión pública y su evolución han condicionado las distintas opciones políticas señaladas. Sin embargo, hay tendencias que pueden observarse en estos sondeos a largo plazo. Basamos nuestra interpretación en las encuestas realizadas a escala europea y mundial en torno a los años 2010 (es decir, antes de Fukushima) y 2017, por el Eurobarómetro[3], la AIEA, la OCDE[4] y ATW[5] (International Journal for Nuclear Power).

La proporción de la opinión pública claramente favorable al desarrollo de la industria nuclear civil es minoritaria en la mayoría de los países encuestados. Las preocupaciones de los encuestados se refieren principalmente a la seguridad, la gestión de los residuos y, sobre todo, el precio de la energía, con dudas sobre la rentabilidad de la energía nuclear. Entre los puntos más interesantes a destacar, la opinión negativa hacia la energía nuclear está correlacionada con el conocimiento de los temas relacionados con esta energía, así como con la presencia de centrales nucleares en el país de los encuestados. Evidentemente, cuanto más desarrollada está la industria nuclear en el país de residencia de un encuestado, mejor informado se siente sobre el tema y más probable es que tenga una opinión favorable sobre el átomo. Lo contrario también es cierto: cuantas menos centrales nucleares hay en el país donde uno vive, menos informado se siente sobre el tema y más probable es que tenga una opinión negativa de la energía nuclear. Esta tendencia es aún más cierta en los países europeos que en el resto del mundo.

Fig. 1 – Distribución de los encuestados «claramente a favor» de la energía nuclear según la presencia o no de una central nuclear en su país de residencia, Fuente: OCDE

 

En cuanto al cambio climático, que preocupa cada vez más a la opinión pública europea, apenas se reconoce que la energía nuclear no tiene nada que ver. Esta situación ha ido cambiando en los últimos años, y una proporción creciente de la población considera que la energía nuclear debe ser una parte importante de la combinación energética, junto con las energías renovables. Por último, todas las encuestas consultadas llegan a la conclusión de que los países que deseen promover el desarrollo de la energía nuclear deben contar con una mejor información al público y un debate público de calidad. Pues la preocupación por la energía, y más aún por la energía nuclear, sigue siendo secundaria en la mente de los encuestados, apareciendo por detrás de cuestiones relacionadas con el desempleo, la seguridad o la salud, por ejemplo. Se trata de lo que los encuestadores denominan preocupaciones «retrospectivas» y, por tanto, son más fáciles de cambiar en la mente de la gente que las que parecen ser prioritarias. Por otro lado, como demuestran los casos de Finlandia y el Reino Unido, un debate público honesto y transparente que aborde eficazmente las preocupaciones sobre la energía nuclear puede dar lugar a un fuerte apoyo público a la tecnología.

Es en este punto donde prevemos que se jugará el futuro de la energía nuclear, ya que los próximos avances tecnológicos en este campo proporcionarán a los gobiernos de los distintos países europeos elementos para alimentar un debate público de calidad dedicado a promover el desarrollo de la energía nuclear, indispensable desde su punto de vista para servir a las ambiciones medioambientales, económicas y geopolíticas.

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[1]      Fuente: IAEA 11 mars 2021

[2]      Fuente: The New York Times 05/12/2007

[3]      Fuente: Eurobaromètre, 2010

[4]      Fuente: OCDE, 2009

[5]      Fuente: ATW, 03/2017

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