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El boletín mensual del Laboratorio Europeo de Anticipación Política (LEAP) - 15 Nov 2016
El extracto publico

La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses ha creado las condiciones para que se produzca el cambio, pero todavía no es el cambio en sí, al contrario de lo que creen los medios de comunicaciones y los populistas.

Lejos de una “revolución”, la subida de Trump a la cabeza del sistema occidental se corresponde con una radicalización del escenario esperado. En realidad, Trump es síntoma de un sistema occidental que no ha logrado adaptarse[1] y que, desde ahora, tratará hacer uso de la violencia para mantener el poder contra aquellos ciudadanos y naciones que propongan modelos político-económicos opuestos. De este modo, el método cambiará, pero no así los objetivos y principios fundamentales.

A modo de ejemplo, desde hace unos meses numerosos artículos han interpretado el voto a Trump como un voto reaccionario de unos EE.UU. blancos, que ven cómo se acerca su fin desde el punto de vista estadístico (actualmente, el 61% de la población estadounidense es blanca, pero se anticipa que esta proporción se hará minoritaria de aquí a una generación). Igualmente, nuestro equipo estima que, bajo un discurso político keynesiano, la política económica de Donald Trump promete desencadenar principios neoliberales (liberalización, QE, financiarización, etc.). En todos los ámbitos, quizás con la excepción de las relaciones exteriores, Trump mantendrá el control de los actores y métodos del sistema anterior por medio del autoritarismo y las mentiras.

De cualquier manera, gracias a Trump estamos más cerca de dejar atrás el mundo de antes. Trump, que ha hecho que a EE.UU. se le caiga la máscara[2], abre las puertas a la reinvención del propio país.

Los límites de la anticipación política sobre las consecuencias de la victoria de Trump

Donald Trump ha realizado una campaña típicamente populista, prometiendo el oro y el moro como respuesta puramente emocional a todos los ataques dirigidos contra él, una campaña por otra parte enormemente caricaturizada y tergiversada por los medios de comunicación. Como consecuencia, reina el caos más absoluto tanto en torno a su programa como a su persona. No solamente no se sabe bien quién es ni qué es lo que de verdad pretende, sino que además nadie tiene la más mínima idea de lo que es realmente capaz de hacer. Que tenga una fuerte retórica, no quiere decir que sea una persona verdaderamente fuerte… Sin duda, podría decirse lo contrario. Como decíamos el pasado marzo: “También podemos especular con que los grandes intereses financiero-militares de Washington se cambiasen de bando y se aliasen con Trump quien, en definitiva, no es solo un revolucionario, sino ante todo, un multimillonario pro-militarista con un gran potencial de convergencia con los mismos intereses. En tal caso, los medios de comunicación alcanzarán su objetivo, trivializando a Trump y utilizando para su beneficio la complejidad del sistema electoral estadounidense”. Este análisis, ahora constatado, demuestra que Trump solamente hará lo que el establishment quiera que haga.

Gráfico 1 – La fortuna de Trump en detalle. Fuente: Fortune

Aunque anticipar los detalles de lo que viene ahora es prácticamente imposible, ya se pueden distinguir claramente una serie de líneas centrales. El hecho es que las elecciones estadounidenses, y los dos posibles escenarios tan diferentes hacia los que podía tornarse el mundo en función del resultado, llevaban unos meses obstaculizando el horizonte de la anticipación política. Aún hay demasiados árboles en el campo de visión, pero al menos ahora nos situamos al otro lado de la montaña. He aquí el panorama que nuestro equipo puede ahora vislumbrar.

Fracaso del sistema democrático estadounidense

En primer lugar, se trata de redimir al pueblo estadounidense de su voto. Lo hemos repetido ya muchas veces: el 58% del electorado estadounidense consideraba catastrófica la hipótesis de una victoria de Trump, pero el 52% pensaba lo mismo de Clinton. Cuando los engranajes democráticos, creados para llegar a todos los rincones en una nación de 320 millones de ciudadanos, seleccionan a dos malos candidatos, el problema está en el sistema, no en las personas. El pueblo tiene el dirigente que merece, cuando se trata de una democracia sana. En el momento en que los mecanismos de la democracia se bloquean, ser un “buen” ciudadano ya no es suficiente…

En realidad, en ningún estado puede considerarse que los estadounidenses hayan elegido a Trump… ni tampoco a Clinton:

El complejo juego sucio de las primarias llevó a la designación de dos candidatos bastante impopulares, desoyendo la voluntad de la mayoría de los ciudadanos estadounidenses.

De los dos candidatos, las elecciones han entregado la presidencia al que ha recibido menos votos. Clinton ha ganado 400.000 votos más que Trump en el “voto popular”, que es el único voto realmente democrático. Una persona-una voto, un principio que los estadounidenses están descubriendo ahora, gracias al gran fraude inducido por el famoso “colegio electoral”.

Todo esto en el contexto de un índice de participación de apenas más de la mitad del electorado. Solamente ha votado el 54,2%, el índice de participación más bajo desde hace 20 años, con gran desinterés en el bando Democrático en particular. El fenómeno no es nuevo, simplemente se acentúa… a pesar de lo que está en juego[3].

Gráfico 2 – Índice de participación en las elecciones de varios países. Fuente: Statista

Como ya habíamos anticipado, las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 han revelado una gran disfunción del sistema democrático que, desgraciadamente, es posible que se resuelva mediante su interrupción… antes de que dé tiempo a replanteárselo. En cualquier caso, la “buena noticia” es que la decadencia de la democracia estadounidense ya ha salido a la luz.

Dominios populistas en Europa

Cuidado con juzgar a los estadounidenses por el resultado de la votación. Especialmente porque en los próximos meses, los europeos tendrán que pasar por una serie de pruebas idénticas. No somos los únicos en anticipar que los europeos, que también afrontarán unas elecciones falseadas, amenazan con hacerlo igual de mal que los estadounidenses. En efecto, la victoria de Donald Trump promete una gigantesca oleada de victorias populistas en los países del centro de la UE (Italia, Austria, Países Bajos, Alemania, Francia[4]). Desafortunadamente, no es nada nuevo, pero lo que se prevé intuitivamente, nuestro equipo lo argumenta de la siguiente manera:

Por supuesto, está el precedente de las victorias populistas británica y estadounidense, que han roto con los poderosos diques que, desde 1945, nos protegían de este tipo de escenarios. Por tanto, los diques ya se han derribado en los dos países más emblemáticos de la victoria contra el nazismo[5] . El término “oleada” tiene aquí un significado especial.

Por otra parte, está el sentimiento de inseguridad e incertidumbre que la victoria de Trump acaba de intensificar en la mente de los ciudadanos del mundo en general, y de Europa en particular. Ahora bien, cuando el pueblo está atemorizado, busca “hombres fuertes” para tranquilizarse. En periodos de grandes tensiones geopolíticas, apenas florece la democracia. Nuestro equipo ha sido el primero en afirmar que no es posible que el Putin de una Rusia humillada o el Erdogan de una Turquía rodeada evolucionen en la “buena” dirección, desde el punto de vista de los valores democráticos. Los europeos también tienen miedo de lo que está pasando en Europa y los alrededores, y la subida de Trump al poder va a fomentar en gran medida esta inquietud, aumentando automáticamente la probabilidad de que figuras de la misma calaña ganen elecciones en Europa.

Pero nuestro equipo ha identificado un mecanismo que prácticamente le obliga a eliminar de sus anticipaciones sobre el resultado de las próximas elecciones europeas, toda hipótesis de resistencia democrática, y que detallamos a continuación:

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