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El boletín mensual del Laboratorio Europeo de Anticipación Política (LEAP) - 15 Ene 2017

China en 2017 – Hacia un drástico cambio de dirección

Desde que en los años 70, Deng Xiaoping diera prioridad absoluta al desarrollo económico[1], China ha hecho enormes sacrificios. Ha trabajado mucho, por muy poco, contaminando considerablemente su país y convirtiéndose rápidamente en la fábrica del mundo.

Pero todos estos sacrificios no han sido en vano. Como ejemplo, apenas 15 años más tarde, en 1993, Shanghái puso en marcha su primera línea de metro ultramoderno[2]. No se trata de un ejemplo aleatorio, pues la construcción de líneas de metro es siempre señal de bonanza económica y administrativa.

Gráfico 1 – PIB per cápita en China e India, 1950-2010. Fuente: Wikipedia

La difícil integración de China en el mundo

Al caer la Unión Soviética, el reposicionamiento de China con respecto al resto del mundo se aceleró. A partir de los años 90, el país comenzó a reforzar el gigantesco y lento proceso de transición sistémica, en base a un principio de progresiva compatibilización con el sistema internacional.

En materia económica, hablamos de la transición hacia los principios de la economía de mercado “al estilo occidental”, con el consentimiento del Partido, por parte de una generación de economistas abiertamente “reformistas”, cuyos representantes más destacados son Wu Jinglian[3] y Zhou Xiaochuan[4] (actual gobernador del Banco Popular de China).

En 1992, el Partido decidió que los recursos se asignarían de acuerdo con las fuerzas del mercado y no por orden del Estado. Y, de 1998 a 2003, se emprendió un gran proceso de desregularización, liberalización y privatización, en el marco de los planes de compatibilidad internacional de los que hablábamos.

Los resultados no se hicieron esperar: en 2001, se autorizó la entrada de China en la OMC.

Pero la llegada de una economía ultradinámica de 1.400 millones de individuos a la esfera internacional regulada provocó un cataclismo del que la OMC nunca se recuperó[5].

En realidad, resulta fácil entender que, mientras la globalización y sus instituciones estaban al servicio de un solo polo de poder (Occidente, su creador), todo fuera bien. Pero, con la aparición de China en escena, surgió la cuestión de quién debía ahora salir beneficiado. La Ronda de Doha, iniciada un mes antes de la integración de China en la OMC y destinada a completar, en tres años, la liberalización del comercio mundial (con el objetivo declarado de contribuir al desarrollo de los países del tercer mundo), se vio bloqueada por aquellos mismos que tanto la habían deseado: los occidentales.

El fracaso de la Ronda de Doha marca un duradero retroceso del impulso globalizador simplemente porque, mientras la globalización al servicio de un único polo de poder resulta muy fácil (no es otra cosa que imperialismo), la llegada de China genera un profundo cambio estructural de esta dinámica, introduciendo la noción de mundo multipolar (en este caso “bipolar”, pero inmediatamente seguido de la perspectiva de la India, por ejemplo, como potencia mundial emergente), en un mundo que siempre se ha mostrado incapaz de manejar la multipolaridad, salvo mediante la confrontación.

Sin embargo, existe una excepción: las experiencias de integración regional que han instaurado estructuras de poder planas, basadas en el principio de complementariedad y en el de “todos ganamos”. Es en estas experiencias, en las que el mundo debería haber recurrido a los útiles de reorganización de las nuevas realidades globales. Pero el modelo más empleado ha sido el de la Guerra Fría…

Nuestros lectores saben que hemos seguido de cerca los esfuerzos de China por integrarse poco a poco en el sistema internacional existente (OMC, G20…) y después por diluir el efecto China, uniéndose a la dinámica reformista de los BRICS, muy próxima a los planteamientos planos de integración regional. Hemos sido testigos de cómo, en esta ocasión, ha tratado de iniciar una reforma monetaria internacional para salir de EE. UU. y de la encrucijada del dólar[6], ha resistido los violentos ataques de Occidente contra la iniciativa de los BRICS[7] y se ha replegado en una estrategia de creación de un nuevo conjunto de instituciones internacionales por iniciativa de los BRICS o de China (OBOR, NDB, AIIB, etc.).

A China se le acaba la paciencia

Hasta la fecha, China ha jugado pacientemente la carta de la integración global. Así, ha desplegado a su alrededor una red de acuerdos comerciales, económicos, políticos y estratégicos con un creciente número de países y regiones, centrándose en estrechar los lazos, en base a una serie de criterios geográficos. Bajo este proyecto, inició una relación de igual a igual, no con los países del Sudeste Asiático por separado, sino con su coalición, promovida por el reconocimiento de su relevancia por parte de China, la ASEAN, a pesar de la presencia en su seno de “enemigos” históricos (Vietnam, Japón, Corea del Sur, Filipinas…).

En pocos años, China ha cosechado grandes victorias. La más reciente, la destitución de la presidenta surcoreana Park Geun-Hye, envuelta en las redes del sistema de misiles estadounidenses THAAD, garantía de un considerable tiempo de malas relaciones con China, y su probable sustitución por alguien más conciliador con China[8]. El otro gran logro de los intereses chinos en la región es la salida de Filipinas del campo de influencia estadounidense.

La crisis de EE.UU. y China en el Mar de la China Meridional, como la crisis de EE.UU. y Rusia en Ucrania, podría haber constituido la ocasión perfecta para crear nuevos ejes de cooperación entre estas regiones y entre China y EE.UU. En su lugar, los conflictos se han intensificado y se ha impuesto el principio de “conmigo o contra mí”, lo que ha obligado a los países a posicionarse, mientras que el único modo de garantizar su relativa independencia estratégica es, precisamente, no tener donde elegir.

Desde 2014 y la crisis ucraniana, el mundo se va posicionando paulatinamente en dos bandos opuestos y los principios multipolares de los BRICS también deben someterse. El enfrentamiento EE.UU.- China se aproxima a paso ligero.

Por su parte, EE.UU. va a tratar de atraer a Rusia a su bando en los próximos meses, mientras que China tratará una vez más de atraer a Europa al suyo, jugando la baza de la Nueva Ruta de la Seda.

De cualquier modo, nuestro equipo aún visualiza unos últimos rayos de esperanza que podrían alejarnos de este sombrío escenario, como la llegada a la Presidencia de la ONU del portugués reformista Antonio Guterres[9], o el fortalecimiento del G20 como plataforma política global bajo el liderazgo de China, esperemos que relevada por Alemania el próximo julio[10], o incluso las perspectivas de reorganización de Oriente Próximo tras el fin de la guerra en Siria. Sin embargo, resulta difícil conservar una actitud optimista, cuando se ve claramente la dirección a la que nos llevan las grandes tendencias.

La situación actual del posicionamiento chino en el mundo permite determinar una serie de conclusiones:

– El despliegue de su zona de influencia se ha topado con ciertos obstáculos que señalan los límites que no puede traspasar. Por un lado, la India que, en el marco de su gran proyecto de desmonetización, se ha liberado de su dependencia financiera de China, lo que no augura nada bueno con respecto a las relaciones entre los dos gigantes. Por otro lado, Japón, que aún no está preparado para desligarse de la tutela estratégica estadounidense.

– En cambio, como acabamos de ver, se dan las condiciones adecuadas para una sana cooperación con la ASEAN. Con la gran necesidad de financiación que tiene la región, los enormes proyectos de infraestructuras son irresistibles.

– El sistema financiero del yuan, considerablemente fortalecido por la venta masiva de reservas extranjeras de China y su cambio a yuanes, es ya una realidad dispuesta a integrar un sistema financiero internacional multimonetario, pero igualmente dispuesta, en caso de fracaso, a centrarse en sus principios regionales.

Claramente, China ha puesto fin a una larga sucesión de intentos por compatibilizarse con el mundo: participación positiva en los organismos internacionales, vastas reformas económicas internas, proyectos de inversión transnacional y creación de útiles para ello.

Al igual que Rusia, en 2013, estaba preparada para hacer su entrada oficial en la escena internacional, contando con los JJ. OO. para marcar su reconocimiento, China está preparada ahora. Pero…

El enfrentamiento entre China y EE.UU.

Pero EE.UU. se cierra en banda y toma claramente la posición de conflictuar su relación con China.

Particularmente, amenaza con acusar a China de manipulación abusiva de su moneda[11], lo que posibilitaría la imposición de sanciones “legales” de tipo proteccionista (¿desde cuándo EE.UU. necesita un marco legal?). Sin embargo, al observar la gráfica siguiente, en la que se compara la evolución del Índice Dólar (valor del dólar con respecto a una cesta de monedas compuesta por el euro, el yen, la libra esterlina, el dólar canadiense, la corona suiza y el franco suizo) con la evolución del dólar con respecto al yuan, queda patente la mala fe de EE.UU. Desde 2014, el yuan ha bajado, con respecto al dólar, dos veces menos que la cesta de monedas occidentales…

Gráfico 2 – En naranja, evolución del índice Dólar; en azul, evolución del dólar con respecto al yuan; 2012-2017. Evolución porcentual con respecto al punto de referencia de enero de 2012. Fuente: Bloomberg

Esta misma amenaza estaría mucho más justificada contra la zona euro, Japón o el Reino Unido y, sin embargo, el ataque va dirigido a China. Queda claro que las motivaciones de EE.UU. son de índole política, más que económica. De ahí la designación para el próximo Gobierno de ministros conocidos por su hostilidad contra China[12], un extraño giro de ciento ochenta grados, a lo que hay que añadir la nueva amistad con Rusia.

Estas acusaciones son tanto más difíciles de aceptar por parte de China cuando, en la realidad, limita activamente la depreciación de su moneda. En efecto, está vendiendo sus enormes reservas de cambio a un ritmo de unos 40.000 millones de dólares al mes, para comprar yuanes y así sostener su moneda.

Gráfico 3 – Reservas chinas de cambio en billones de dólares, 2006-2016. Fuente: CNBN.

Desde agosto de 2014, las reservas chinas, medidas en dólares, han bajado cerca de un 25%. Sin embargo, esta medida (de la que dan fe los medios de comunicación económicos) no tiene ningún interés desde el punto de vista chino, pues solo cuenta el valor de sus reservas en yuanes. De modo que, dado que tenían 6,15 yuanes por dólar en agosto de 2014, y que ahora tienen 6,95, “solo” han bajado un 15%, que ya es más razonable.

El motivo de que China se esfuerce por sostener su moneda no es el empleo, pues gran parte se encuentra en la exportación, por lo que sería más conveniente un yuan débil[13]. Por otra parte, los inversores prevén una prolongación de la caída del yuan, lo que explica la fuga de capitales que sufre el país (cambio de yuanes en dólares para proteger el valor de las inversiones en caso de bajada del yuan). Según las estimaciones[14] (realizadas por el sector financiero anglosajón, como es habitual por desgracia), en 2016 salieron del país entre 600.000 y 800.000 millones de dólares, y muchos más en 2015. Sí, es mucho dinero.

Gráfico 4 – Evolución de la inversión directa extranjera en China, 1998-2016. Fuente: Financial Times.

Si China sostiene su moneda, “siguiendo” así las órdenes de Trump (aunque mucho antes de presentarse a las elecciones), es solo para frenar esta fuga de capitales. No obstante, no es el único modo de poner fin a esta hemorragia. El control de los capitales se está reforzando contundentemente[15] (lo que, por cierto, es otra manera de combatir el blanqueamiento y la evasión fiscal) y el bitcóin, sospechoso de ser un medio muy empleado para sacar ahorros del país, está en el punto de mira de Pekín[16].

Las medidas implementadas demuestran la determinación de los dirigentes chinos a detener la huida de capitales y la especulación a la baja sobre el yuan, medidas que, de acuerdo con nuestro equipo, aseguran el éxito. Tanto más cuando la bajada próxima del dólar, que ya anticipamos el mes pasado, va a mitigar e incluso revertir el fenómeno. Sin embargo, anticipamos una nueva devaluación del yuan (o una moderación de la política de sostenimiento), pero esta vez voluntaria y programada, sin duda poco después de la llegada de Trump a la Casa Blanca. Gracias a ella, se podrían limitar los efectos de una bajada del dólar, fomentar las exportaciones y el empleo chinos, frenar la paulatina degradación involuntaria del yuan adelantándose a ella, y demostrar que EE.UU. no dicta su voluntad a China. 

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